Mañanas sin despertador

MmmmQué gusto abrir los ojos sin saber qué hora es.  Levantarte cuando tu cuerpo ya se siente suficientemente descansado, sin despertadores ni fastidiosas melodías telefónicas… Qué grata sensación esa de sentirte desubicada, salir de un sueño tan profundo y reconfortante que ni si quiera sabes en qué órbita terrestre has amanecido. Sí, esa es una de las principales razones por las que Helena  adora los sábados.

Helena no se libra de ciertas dosis de nomofobia. O sea, que está enganchada al móvil. Es verdad que entró por los pelos, pero naciendo en los early 80s todavía se le puede permitir pertenecer al club de la generación millennial.  Y por eso, su primer gesto tras desperezarse, fue alzar la mano para buscar, a tientas, su móvil en la mesita de noche. 12:45 pm… “No está mal, 10 horitas de sueño”, se dijo.

despertar

Buscó las zapatillas a los pies de la cama y se puso en pié. Un desayunito ojeando Twitter, una lavadora puesta, tres platos fregados y a la ducha. Tuvo que salir chorreando del baño al sentir el constante ring ring de su móvil martilleando su cabeza. Era Laura. Más le valía cogerlo después del enfado de la noche anterior. No quería que la rabieta con su amiga llegara a más.

-Helena, no me mates. No te vas a creer dónde estoy. – La voz al otro lado del teléfono no parecía enfadada. Pero sí revelaba una Laura nerviosa, emocionada y preocupada a la vez, lo que a Helena le hizo pensar en lo peor. ¿Qué locura habría cometido su amiga esta vez?

– ¿Qué has hecho, Laura? – inquirió Helena acusatoriamente.

-Acabo de salir del ascensor de casa de Jaime.

“Jaime… ¿Qué Jaime?” – pensó Helena. Jamás se le habría pasado por la cabeza que la confesión que su amiga estaba a punto de hacer podría ser real.

Al ver que Helena tardaba en reaccionar, Laura continuó con su relato.

-¿Me has oído Helena? ¡Jaime, tía! Jaime el de la oficina. ¡El listo de los pelos!

Ahora sí que no… no se lo podía creer. Laura era un poco excéntrica e irreflexiva… Solía tomar decisiones sin pensarlo dos veces y siempre tenía disparatabas anécdotas que contar… Pero esto sobrepasaba cualquier límite.

Jaime trabajaba como creativo en la misma agencia que las dos amigas. Ambas le consideraban un tipo engreído, henchido de sí mismo, cuyo ego le desbordaba y consumía, fagocitando por completo su persona. Y para más inri, era un chupaculos y un trepa que había robado a Helena una de sus mejores  ideas, acaparando todos los méritos profesionales.

Laura lo sabía y le odiaba por ello. De hecho, ambas habían fantaseando tramando un plan para vengarse de él. Pero el ego de Jaime relumbraba tanto como su labia y su ademán de artista incomprendido. Y, aunque no lo quisiera reconocer, eso a Laura le perdía… Porque a su vez le detestaba y le admiraba, y esa sensación de atracción-repulsión le erizaba la piel como un suave cosquilleo de deseo.

– Helena, no te cabrees. Esto le podía pasar a cualquiera… Te fuiste del bar sin dar explicaciones y me quedé allí sola. Sola y cabreada. Y entonces me encontré con unos colegas del curro que resulta que eran amigos de Jaime… Total, que acabamos en su casa de fiesta…

Helena respiró hondo. Igual solo había sido eso. Una noche de fiesta… nada más. Pero Laura interrumpió sus pensamientos y continuó hablando.

– Y claro, estábamos poniendo música y de repente Jaime me suelta que es amigo de uno de los de Novedades Carminha. Y yo le dije que me encantaban… Y hablando y tal, pues nada…

– ¿Pues nada, qué? – espetó Helena histérica – Laura, déjate de florituras y vete al grano. ¿Te acostaste con él?

Pausa dramática. Laura tardó unos segundos en contestar. Segundos eternos para Helena, que incluso  pensó que la línea telefónica se había cortado. Finalmente respondió.

 – No sabes lo que me pasó, tía. Vomité en su cama. Dormir, dormí con él. Pero hizo más de enfermero que de amante.

Por alguna extraña razón, el sexo y la enfermedad siempre estaban estrechamente vinculados en la vida de Laura.


PRÓLOGO

Parte I – Incubación

Parte I – Incubación


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