Capítulo II: Making “la croqueta”

A Helena se le olvidó escribir uno de sus más importantes propósitos en aquella lista que escribió en una servilleta de papel la noche del 31. Mejorar su inglés.

Con esa intención, y también con la de conocer gente nueva y respirar un poco de viento fresco, decidió ir con unos compañeros de trabajo a un bar de esos en los que hacen intercambio de idiomas. Sí, esos lugares donde una docena de guiris se juntan con cinco españoles borrachos y se dedican a contarse trivialidades en una extraña suerte de spanglish embriagado.

Se trataba de un espacio coqueto y vintage frecuentado por un alto índice de hipsters malasañeros. Un espacio “multidisciplinar” en el que puedes realizar actividades de muy diversa índole. Un día saboreas un delicioso cupcake de zanahoria mientras ojeas lo último de Murakami; y otro acabas chaporreando tu perfecto inglés de cuenca con un ex bróker californiano que lo dejó todo para montar una app de intercambio de cromos.

Y ahí estaba Helena. Después de 4 botellines de Mahou y 2 improvisados chupitos de Jägeirmeister. Un miércoles a las 00:45 de la noche. Con una reunión a  las 10 de la mañana del día siguiente en las oficinas de su principal cliente. No había tenido tiempo de terminar de prepararse la presentación, pero pensó llegar pronto a casa para dar el último repaso al Power Point.

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Esa intención se desvaneció tan pronto como subieron los 35 grados del segundo chupito de Jäger. De repente, se vio riendo a carcajada limpia mientras un jovencísimo estudiante de Relaciones Internacionales le abrazaba por la cintura. Se llamaba Tom y había pasado los primeros 22 años de su vida en Bradford. Una bonita ciudad al oeste de Leeds conocida por su intensa actividad cultural y por ser “la capital mundial de la lana”. Hace unos meses había llegado a Madrid para cursar un máster de estudios africanos, o algo así le pareció entender…

Eso era todo lo que sabía de él. Bueno, eso y que tenía una perfecta combinación de rasgos que le hacían parecerse de forma casi enfermiza a Ryan Gosling.

Ella le estaba intentando explicar cómo se hacen las croquetas, su plato estrella; y él le replicaba diciendo que esa receta no tendría nada que hacer al lado del Sunday Roast de su madre.

– If your “croquetas” are so tasty, when will you let me try?

Preguntaba picaronamente el jovencito british. Helena reía coqueta.

– I’don’t know… when ever you want!

El juego de las  recetas llegó muy lejos. Tan lejos como el taxi que les acercó a casa de Helena. Sabían que no era momento de ponerse a freír croquetas, pero quizá entre ellos sí podrían hacer la croqueta… Y dar vueltas y rebozarse cual bechamel y pan rallado.

La noche fue larga, inesperada, divertida, emocionante….Helena se sintió guapa. Sintió que cualquiera que se le acercase estaría encantado de escuchar su voz… ¡Y se sintió capaz de aprobar el proficiency sin el menor esfuerzo!

Pero ahora torpedeaba el despertador como un martillo ametrallando su cabeza. Tenía que recobrar la conciencia, poner los calzoncillos a un guiri imberbe e irse a trabajar.

En la estación del metro, mientras se hacía paso entre la masa de autómatas que se dirigen con rumbo fijo hacia sus triste rutina, Helena sintió angustia. Se sintió como el papel de mocos que anda perdido por el bolso y se tira en la primera limpieza. Como un mechero sin gas, como una promoción caducada…

Se sintió perdida, triste y sola. Sintió que sobraba y que todo afán por captar la atención de su alrededor al final se tornaba de forma cruel, haciendo evidente lo que quería ocultar. Como quien grita y se mofa de tus más íntimos secretos.

Y además se sintió irresponsable. Y estúpida.

 ¿Por qué hago estas cosas? ¿Por qué no aprendo?

Intentó buscar la respuesta pero el dolor de cabeza reincidió. Entonces encendió su iPad y comenzó a repasar su Power Point.


PRÓLOGO

Parte I – Incubación


 

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