Capítulo 3: El ladrón de ideas

chico hipster tomando un caféHelena llegó tarde a la reunión con su principal cliente. Había tenido una noche movidita con el guiri de las croquetas y ya iba con el tiempo justo. Pero si eso no era suficiente, el metro tuvo que detenerse tres paradas antes de su destino, por lo que le tocó cambiar de línea y esperar a que llegara el siguiente tren. No había comenzado la mañana con buen pie, eso estaba claro… Y además tenía un dolor de cabeza atroz y unas ojeras que le llegaban hasta la barbilla.

Entró en la sala de reuniones con los mofletes rojos y cara de velocidad. Estaba despeinada e iba barriendo el suelo con la bufanda. Llevaba apilados en los brazos todo tipo de adminículos que se le iban a caer de un momento a otro: iPad, bolso, maletita para el tupper, cuaderno…. Lo primero que vieron sus ojos al cruzar el umbral de la puerta fueron 6 miradas inquisidoras observándola fijamente.

Perdón por la tardanza – balbuceó con voz retraída, y se sentó de inmediato.

A Helena le tocaba lidiar desde hacía dos años con la jefa de marketing de una empresa familiar de esas de rancio abolengo. Su estructura era jerárquica y desfasada, su línea de comunicación rancia, y su capacidad para la innovación nula. Pues bien, a algún señor con corbata de los que encabezan la pirámide de mando, había hablado con su hijo pequeño y le había dicho que los jóvenes ya no ven la tele y que ellos también tenían que hacer algo “guay” en Youtube o Instagram. Pues eso era lo que había la agencia de Helena, llevar la campaña de comunicación digital de una empresa que todavía utiliza el fax como principal medio de comunicación. Y ahora les tocaba la ardua tarea de acercar su última colección de moda al público joven.

Con esa información salió Helena de la reunión. Era el momento de sentarse con sus colegas creativos para darle vueltas a la cabeza hasta que se les encendiese la bombilla. Helena admiraba sinceramente a algunos de sus colegas; sin embargo, estaba bastante hasta el gorro de sus arranques de ego. A ella le tocaba el trabajo sucio: el de gestionar las campañas, escuchar a los clientes y pedir cambios cuando estos no quedaban satisfechos. Pero ellos, los fabulosos creativos, eran seres divinos, iluminados por su extraordinaria inteligencia y genialidad sin igual.reunión de trabajo

Ella tenía que estar en la oficina a las 9 en punto y raro era el día en el que salía a su hora. En cambio, la “isla de los magníficos“, como solían llamarla, estaba desierta hasta bien entradas las 11 de la mañana, y allí circulaba sin pudor el tabaco y el alcohol, por no hablar de otro tipo de sustancias psicotrópicas que se movían extraoficialmente.

Helena estaba cansada de proponer ideas que nunca llegaban a nada. A veces, cuando salía a fumar con Valerie, su jefa, ésta le contaba anécdotas sobre cómo iba el “desarrollo creativo” de algunos de los proyectos más importantes de la compañía, y Helena no ponía reprimir sus ganas de hablar. Empezaba a lanzar ideas al aire, algunas torpes, otras realmente buenas. Pero su jefa siempre encontraba algún fallo, algún tropiezo u obstáculo del que Helena no se había percatado.

Otra de las peculiaridades de su agencia, que Helena llevaba muy a duras penas, era la fiebre compulsiva de “postureo”. Allí nadie era nada si no utilizaba anglicismos cada dos palabras:

“Esta reunión de kick off es fundamental para preparar al briefing de nuestra campaña de engagement y así convertirnos en el top of mind de nuestro target.”

O lo que es lo mismo: Vamos a pensar que hacemos para acercarnos a nuestro público…

La cuestión es que los creativos comenzaron rápidamente con el brainstorming, o hablando en cristiano, empezaron a escupir chorradas sin filtro a ver si así se les ocurría algo. El caso es que después de 45 minutos de estupideces del tamaño de un tanque japonés, Jaime alzó la voz. Se trataba de uno de los creativos que Helena más detestaba. Era terco, egocéntrico y nunca cedía a los razonamientos de Helena.

– Pongamos a los padres la ropa de los hijos, y a los hijos la de los padres.

– ¿Qué conseguiremos con eso, Jaime?

Apostilló Laura, la mejor amiga de Helena, quien además compartía con ella el mismo odio visceral por “el listo de los pelos“, como le solían llamar.

– Los padres se sentirán más jóvenes, activos y les dará por probar sensaciones nuevas que ya no creían para ellos. A los chavales puede que les tomen más en serio en el “insti”, y se sientan obligados a ser más responsables.

– Genial, Jaime… ¿Y?

Replicó Laura.

– ¿Es que no lo ves guapita?

Contestó Jaime con chulería.

– Primero, nos acercaremos al público joven, el que jamás se había fijado en esta marca de ropa, ya que nos meteremos en sus vidas, como en un puto Gran Hermano… Y después demostraremos que la ropa no es solo una camisa o unos vaqueros, sino que es una actitud. Que la ropa nos condiciona y nos identifica con lo que somos y queremos proyectar. Y ahora Peter & Co mola, ahora es puta tendencia y hasta el jodido Justin Bieber querrá formar parte de ella…

Valerie, comenzó a dibujar una sonrisa cada vez más entusiasta, mientras Helena echaba humo desde lo más profundo de su fuero interno. Hacía un par de meses, en uno de los descansos para comer, Helena hizo una propuesta casi idéntica, pero en este caso para una conocida marca de estética. Y Jaime se rió de ella sin piedad.

Ahora “el listo de los pelos” se había apropiado de la magnífica idea de Helena. Sí, de esa mismita que acusó de inocente y pueril. Y Helena no estaba dispuesta a cruzarse de brazos. Su mirada se encontró con la de su inseparable Laura. No hacía falta que hablasen. Sabían perfectamente en qué consistirían los próximos pasos. Porque ambas tenían muy claro que la venganza se sirve en plato frío.


PRÓLOGO

Parte I – Incubación


 

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